Cinco muertes solitarias

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Texto por: Adolfo Zableh


FOTO 1

Suba, domingo 10:33 pm

A Patricia García la encontró su esposo tirada en calzones en la cama, muerta seguramente por un veneno que se tomó en el vaso que encontraron junto a ella. Tenía 20 años y una hija de 3. El estaba trabajando cuando todo ocurrió y los vecinos no sintieron nada, aunque en el conjunto de edificios donde vivía se puede oir incluso si al vecino de arriba se le cae un cubierto. El apartamento era pequeño, el adorno de la mesa del comedor era una botella de gaseosa dos litros, aún con la etiqueta, con cuatro girasoles. Patricia estaba triste porque el viernes la habían echado del trabajo y porque su esposo no había alcanzado a llegar a tiempo el sábado para pedir dulces con su hija. La cama que bloqueaba la puerta del cuarto, y la luz apagada retrasaban el momento. Había una botella de ron casi terminada, unos DVD de Giovany Ayala junto al televisor y algo de vómito en el suelo. En las paredes del cuerto, escrito en lápiz, se leían los siguientes mensajes: "No sabes cuanto te amo. Probrecita (sic.) mi hija"; "Ojalá la Policía vea esto y le den la custodia a mis papás"; "Nunca pensé que me serías infiel" y "Jenny me contó todo".


FOTO 2

Barrio La Candelaria, jueves 2:17 a.m.

Gustavo Cardona pagaba 7000 pesos diarios por el cuarto de la pensión donde vivía. El lugar había sido un colegio hasta 12 años atrás y en sus paredes se leían frases como : "El triunfo es tuyo, solo debes merecerlo". Su rutina como empleado de un parqueadero le significaba salir a las seis de la mañana y volver a las cinco de la tarde. La administradora del lugar -una vendedora ambulante- lo había visto el miércoles en la mañana antes de entrar al baño. Sabía que no había ido a trabajar porque estaba enfermo, ya que sufría de problemas respiratorios. Gustavo pasó el día encerrado en su habitación, la cual tenía un catre con doble colchón, una cuerda para colgar la ropa, una repisa con elementos de aseo, vitaminas y dos inhaladores, y paquetes de comida regados en el suelo. No televisor, no radio, nada para leer. Notaron que algo andaba mal cuando golpearon a su puerta a la media noche para que apagara la luz. Lo tocaron, le pusieron un espejo en la nariz; no respiraba. Tenía 45 años, parecía de 60. No se le conocía familia, salvo una hermana con quien se había reencontrado un mes antes, luego de 25 años de no verla. En sus pantalones habia una peinilla y 1300 pesos.


FOTO 3

Fontibón, viernes 2:21 p.m.

Llevaba varios días flotando en uno de los caños que desembocan en el río Bogotá, cerca al aeropuerto El Dorado. Unos empleados del acueducto que realizaban trabajos en el sector lo encontraron y lo pusieron en tierra firme. El sitio estaba escondido detrás de un gigantesco parqueadero de camiones y varios talleres de metalmecánica. Fue por eso que en lugar de un centenar de personas agolpadas hubo apenas unos curiosos de ocasión que se turnaban para mirar el cuerpo y volver a sus labores cotidianas. Casi irreconocible, estaba sin camisa y tenía en carne viva la piel de pecho y estómago. Era lisa y brillante, como la de un delfín. Tenia una cadena con una medalla y enredada en el pelo, casi como la hubieran puesto intencionalmente ahí, una botella de Coca-Cola. Automáticamente se convirtió en N.N al no tener identificación. Las causas de su muerte están por establecer. Si pasa un mes y nadie lo reclama, será enterrado en una fosa común, o se convertirá en materia de estudio en alguna universidad.


FOTO 4

Barrio Bonanza, sábado 7:04 p.m

El caño del parque de Bonanza es hogar de varios indigentes. Uno de ellos encontró el sábado de Halloween una alfombra blanca que pensó que podía vender, pero le bastó acercarse para sentir el olor y ver unos pies que salían del bulto. Fue cuestión de minutos para que los vecinos del barrio dejaran de pedir dulces y se acercaran al lugar acordonado. Todo apunta a que el N.N sufría ataques, probablemente de epilepsia, y que en uno de ellos se había mordido la lenfua, que estaba inflamada y ensangrentada. Todo esto mientras una mujer llamaba la atención porque pasaba por el lugar rogando en voz alta a que no fuera "Huguito". estaba vestido, pero descalzo. Con los zapatos junto a él como si los hubiera acomodado intencionalmente ahí para echar una siesta. Había muerto varios días atrás porque el olor a carne descompuesta llegaba al menos a 25 metros a la redonda. Lo único que tenía el difunto era un cuchillo y un paquete con tres cigarrillos. La presencia de niños disfrazados, que no llegaban a los diez años, hacía la escena aún mas irreal.


FOTO 5

Ciudad Kennedy, viernes 3:19 p.m.

José Mateo Jiménez podía tener unos 50 años. Hacía 20 que alquilaba el primer piso de una casa que le servía como apartamento y local para su almacén de bicicletas. Nunca se colgaba a la hora de pagar el arriendo. Los jueves cerraba mas temprano porque asistía sin falta a misa de seis, auqnue ese día nadie lo vió salir a la iglesia. El viernes tenía una cita a la nueve de la mañana con empleados de Codensa, que llegaron puntuales, pero no fueron atendidos. Lo que llamó la atención de sus arrendadores fue que la puerta estaba sin candado, pese a que él nunca lo ponía cuando estaba en el almacén. Los bomberos acudieron al llamado y tuvieron que forzar la puerta del baño, único lugar donde podría estar. La luz estaba prendida, los calzoncillos en las rodillas y las sandalias a un lado. Todo olía como si alguien acabara de salir de la ducha. José nunca se casó, no tenía hijos, solo le quedaba en la vida una tía en Chiquinquirá. En el escritorio de su negocio había un calendario, el directorio telefónico, un extracto bancario, 3000 pesos en monedas, un celular descargado y el recibo de la luz a la mano.


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